24 jun. 2010

La derrota verde, el triunfo naranja


Quienes apoyamos la candidatura del Partido Verde salimos a votar en segunda vuelta por nuestro candidato a sabiendas de que, después de la enorme cantidad de errores estratégicos (en especial de marketing político) que propiciaron el desastroso resultado de la primera,  era muy poco probable remontar la amplia diferencia que alcanzó su triunfador. Y, según lo esperado, perdimos en las urnas. Fuimos tres millones y medio de colombianos pero estuvimos lejos de ser la mayoría. ¿Por qué?

Porque las elecciones no se ganan con buenas intenciones, ni siquiera con buenas ideas o con los mejores programas, sino con votos. Y Santos obtuvo la mayoría de sufragios que, en las democracias contemporáneas, se consiguen fundamentalmente con maquinaria y un manejo mediático eficaz que fueron las verdaderas “locomotoras” de su campaña, en especial el éxito en apostarle a explotar la buena imagen de Uribe, la confianza que inspira su gobierno en materia de seguridad y, por supuesto, la destreza del candidato para capitalizar en su beneficio estos dos ingredientes.

Hasta aquí todo bien, y legítimo. Pero la suma de varios otros factores negativos e ilegítimos (cuando no ilegales) ya de conocimiento público y denunciados hasta la saciedad en los medios, también contribuyó a la derrota de la opción de cambio. En primer lugar, para ponerlo en términos de Habermas, la contaminación del “espacio público” de comunicación con información basura propiciada por la campaña de Santos: por más que él insista en negarlo, no se contratan gurús como J. J. Rendón, Jack Leslie, James Carville y Ravi Singh para prenderle velitas a la Virgen. Esta estrategia se vio además potenciada por la inexperiencia verde para reaccionar enérgica y oportunamente (no después de la primera vuelta, cuando el mal ya estaba hecho) frente a la guerra sucia electoral. Y en segundo lugar la intervención ilegal en política del Presidente a favor del que ungió como su sucesor, sumada al uso indebido de la maquinaria asistencialista de su gobierno para favorecer a Santos: quedó demostrada estadísticamente por la investigación de Global Exchange la correlación entre sus más altas votaciones con respecto a la media y los municipios donde se concentran los subsidios de Familias en Acción.

Por el lado de los vencidos tampoco faltaron los límites y las equivocaciones. En orden de importancia: la ausencia de maquinaria pues el Verde es un partido joven que apenas está construyendo sus estructuras; la incapacidad para cristalizar alianzas sin comprometer la integridad del partido ni privilegiar enemistades personales; las deficiencias en el manejo de medios y, como dirían en tenis, los “errores no forzados” o “autogoles”, según afirmó el candidato, al que se vio varias veces acorralado en los debates, que le impidieron sintonizarse con el electorado más humilde, de manera paradójica y triste pues era el que su propuesta buscaba ayudar en forma prioritaria.

Sin embargo, en medio de la derrota electoral hay varios triunfos que los verdes podemos celebrar. Mockus y Fajardo le dieron a estas elecciones un estatus ético inédito en la historia de Colombia: por primera vez dos intelectuales honestos (en lugar de manzanillos o políticos de oficio, con las ventajas y desventajas que ello entraña) fueron una opción real de poder presidencial, basada no en el tradicional clientelismo sino en el voto de opinión a favor de una propuesta revolucionaria de cultura de la legalidad y lucha contra la corrupción.

La pregunta que surge ahora es qué se puede esperar de la presidencia de Santos. Su propuesta de “Gobierno de Unidad Nacional” desconcierta, por decir lo menos, porque resulta ambivalente. Podría interpretarse como un proyecto de unanimismo acrítico que pretende coronar la impunidad y la corrupción desbordada que deja el gobierno de Uribe, eliminando la posibilidad de rectificación en las políticas fallidas y de oposición (condición necesaria de toda democracia madura) en una especie de patrioterismo que hace pensar con preocupación en la célebre frase de Albert Camus: “Amo demasiado a mi país para ser nacionalista”.

Pero también abre la posibilidad de un distanciamiento del legado uribista en sus aspectos negativos, que es magno: violación de los derechos humanos por una política de seguridad centrada en los resultados y poco exigente con el respeto de la ley; tolerancia frente a la corrupción de los más altos funcionarios; ataques a la independencia del poder judicial; alta tasa de desempleo; colapso del sistema de seguridad social; y lo más alarmante: la dramática situación de los cuatro millones de desplazados por la violencia que para el gobierno saliente parecieran no existir.

Varios millones de campesinos pidiendo limosna en los semáforos de las ciudades son una vergüenza que el país no puede continuar tolerando. El principal reto de Santos en materia social será conseguir que las ventajas obtenidas en el terreno del conflicto gracias a la desmovilización paramilitar y el asedio a la guerrilla, se traduzcan además de en la visita tranquila a la finca de los propietarios urbanos, en la recuperación de las parcelas para nuestros campesinos y el impulso de su productividad.

La carta de apoyo de César Gaviria al nuevo Presidente apunta a la hipótesis del desmarque cuando hace énfasis en la necesidad de corregir los errores crasos cometidos por el gobierno saliente y de escuchar el sentimiento de insatisfacción por la corrupción que representa la ola verde. Este apoyo, aunque calificado por Uribe de oportunista (y lo es), puede interpretarse como la apertura dentro del incipiente “santismo” de una primera vía hacia una identidad propia marcada por nuevos derroteros.

Aunque la respuesta de Santos a los “injustificados” reparos de la misiva de Gaviria y su afirmación en el penúltimo debate televisado de que era incapaz de criticar la gestión de Álvaro Uribe hacen pensar en un continuismo incondicional, también pueden leerse como el producto de la conveniencia preelectoral. Bajo su mandato Juan Manuel Santos demostrará si es un uribista ciego, como lo sostuvo antes de ganar la presidencia, o está dispuesto a corregir los errores de su predecesor, que no son pocos. Mientras la cantidad indiscriminada de apoyos recogidos en el camino por su campaña apunta a lo primero, su conocida ambición histórica como estadista, basada en su enorme capacidad de gerencia, hace pensar lo segundo. 

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