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12 dic 2010

Reflexiones intempestivas 9

9.

“Vero e bello sono lo stesso”, Galilei.


“Lying, the telling of beautiful untrue things, is the proper aim of art”, Wilde (The Decay of Lying).


“Beauty is truth, truth is beauty, -that is all ye know on earth, and all ye need to know”,  John Keans (Ode on a Grecian Urn).


“One of the greatest problems of art -perhaps the greatest- is that truth is not beauty, beauty not truth. Nor is it all we need to know", John Simon.


"For beauty is nothing but the beginning of terror which we are barely able to endure, and it amazes us so, because it serenely disdains to destroy us", Rainer Maria Rilke (Duino Elegies).


“Que tu viennes du ciel ou de l’enfer, qu’importe, o beauté!”, Baudelaire (Hymne à la beauté)

¿Belleza: verdad y bondad? No, infortunadamente no.
La belleza es, simplemente, belleza.

6 nov 2010

La mano invisible de Smith, la contrademocracia y la norma fundamental de Kelsen

Esta reflexión surge a raíz del comentario que hizo Fernando Gaspar Dueñas a mi columna de Semana “La tara contrarreformista” advirtiendo que Amartya Sen “defiende a Smith de esa interpretación (que hice mía) según la cual le deja todo a la mano invisible del mercado”. El crédito inspirador (si hay alguno) de este símil pertenece a él (a Fernando).

“The creditable performance of the allegedly capitalist systems in the days when there were real achievements drew on a combination of institutions that went much beyond relying only on a profit-maximising market economy”. Con este statement Amartya Sen traza la vía que intento pavimentar: el capitalismo que hoy tenemos funciona porque NO LO ES en gran medida, porque no es sólo mercado o, mejor aún, porque corrige los defectos del mercado. Igual ocurre con la democracia, por ejemplo, al observar en detalle las medidas con que las democracias contemporáneas siguen siéndolo, se advierte que casi todas son “contrademocráticas”, es decir, contradicen o morigeran el principio de mayoría: límites al poder reforma constitucional, derechos fundamentales, activismo judicial, equilibrio de poderes, alternancia en el poder, libertad de prensa, etc.

Así como el pseudocapitalismo que hoy tenemos, con su “mano visible” que lo contradice (la del Estado), hace pensar en nuestra actual “contrademocracia” (Rosanvallon) o “Democracia que se ha vuelto contra sí misma”; la mano invisible de Smith hace pensar en la norma fundamental de Kelsen por las dimensiones míticas que entraña toda equivocación que se sitúa en el corazón de una gran teoría. Veamos si logro desarrollar el símil.

Dice Smith que hay una “mano invisible” que regula el mercado y lo hace funcionar bien (más conocida contemporáneamente como “las fuerzas del mercado”). Pero, en palabras de Amartya Sen, dice también Smith que aunque “los mercados y el capital hacían un buen trabajo dentro de su propia esfera… no eran autosuficientes”. Entonces, si los mercados “funcionan bien” pero sólo “dentro de su propia esfera” y no son “autosuficientes”, es, sencillamente, porque NO hacen tan bien su trabajo solos, tanto, que hay que intervenirlos, luego la mano invisible, sencillamente, NO EXISTE por fuera de la elegante teoría: es una aporía práctica, como lo es la “norma fundamental” de Kelsen, la que “supuestamente” (y atención aquí al significado genuino del adverbio) está en la base de cualquier sistema jurídico y que, agrego yo, si hay que “suponerla”, es también solamente porque no existe.

Stiglitz lo dijo mejor que yo: "the reason that the invisible hand often seems invisible is that it is often not there". La mano invisible es una desafortunada metáfora, una mentira, no existe, y ello no le resta mérito moral a Smith (quien, como ilustra Sen, no obstante su singular "invento" se preocupó por las aberraciones del capitalismo desenfrenado), pero sí le quita solidez a su teoría del “libre” mercado.

Por su parte, despojar de contenido justo la noción de mercado para decir que “funciona bien” a pesar de que haciéndolo propicia la injusticia, es una trampa dialéctica axiológicamente insostenible, y es justamente lo que en forma mentirosa defienden los neoliberales radicales: que el mercado, per se, es la panacea porque “funciona bien” (y lo es, en efecto, para el puñado de hombres que se adueñó del mundo).

Sin embargo, no hay grandes pensadores que carezcan de albacea intelectual (como tampoco de enemigos públicos) y, lo mismo que Robert Walter hizo con Kelsen (litros de tinta para explicar por qué la norma fundamental no es un apriorismo metafísico insostenible) parece estarlo haciendo Amartya Sen con Smith (también lo hizo Chomsky): que Smith haya escrito que el mercado no era autosuficiente lo único que hace es poner en evidencia la inexistencia de su mano invisible. Así como para Kelsen el haber dicho que la justicia es un concepto que escapa al derecho positivo y entra en el campo axiológico (la política) sólo puso de manifiesto lo imprescindible que resulta el iusnaturalismo. En suma, la injusticia intrínseca de la “mano invisible” de Smith no sólo lo refuta descriptiva sino también axiológicamente.

¿Contradictorio y complejo? Sí, pero Edgar Morin diría que sólo así se puede acertar. Obviamente, no creo que ni Kelsen ni Smith hayan sido lo suficientemente ingenuos para creerse el cuentito “invisible/fundamental”. Pero es que, al menos históricamente, ser brillante parece consistir en ser lo suficientemente ambicioso para no temer equivocarse con estruendo transecular: nadie está exento de querer pasar a la historia, así sea convirtiéndose en el hazmerreír (y al tiempo punto de referencia obligado) de la intelligentsia de las generaciones posteriores.

Por último, se sostiene que para derrumbar el sistema kelseniano se requiere una crítica externa. Según deduzco del texto de Sen en comento, en el caso de Smith la crítica externa (a su sistema), provino de él mismo sin saberlo (¿o sabiéndolo?). No me sorprende: me parece que Kelsen hizo lo mismo con su texto “¿Qué es justicia?” respecto del positivismo jurídico. Se parecen demasiado.

Termino con una cita que encuentro pertinente para redondear la idea valorativa que informó este apunte:

«If justice perishes, then it is no longer worthwhile for men to live upon the earth», Kant.






15 oct 2010

Las leyes fundamentales del turismo

Las leyes fundamentales del turismo: elementos esenciales de una enfermedad estética [1]

Hasta hace unas semanas, el turismo para mí era una abstracción. Es decir, algo que aunque sabía existente me parecía, en cierta forma, “normal”. (A uno en la vida todo le parece normal hasta que osa entenderlo).

Vivir en una ciudad donde la temporada alta no termina, infestada durante todo el año de turistas que impiden no sólo la circulación sino en general el discurrir tranquilo de cualquier forma de vida, me reveló el monstruo en todo su concreto y abominable horror.

Atrás quedaron los tiempos de esplendor en que Venecia, “La Serenísima", lo era. Hoy, semejante título sólo puede ser la venganza de la historia contra la ciudad más exquisitamente arrogante que conoció la Europa del XVI.

Aprovechando mi proximidad con el adefesio, me propuse discernir los rasgos esenciales de esta temible disfunción estético-social que fagocita, amenazante, los restos de cultura del Viejo Mundo (ése que se acabó en 1965, cuando el mal se hizo global junto con los tiquetes de avión).

Inspirado por el texto clásico de Carlo M. Cipolla (The Basic Laws of Human Stupidity, 1976) o Teoria della stupidità, como se le conoce en italiano, quise condensar en enunciados universalmente válidos las características esenciales de esta peligrosa enfermedad. Sin embargo, la tarea está por completar. Posteriores contribuciones de epidemiólogos más avezados (y masoquistas) están llamadas a desarrollar en detalle los principales síntomas y, por qué no, alguna cura distinta del genocidio. Aquí nos limitaremos a enunciarlos.

1. Junto con Facebook, las telenovelas, los reality shows y el fútbol colombiano, el turismo es la principal forma moderna de esclavitud.
1.2. Si le dieran látigo, el turista pediría más.

2. La voracidad cultural del turista varía en función directa de su ignorancia.
2.1. Todo lo que sea digno de contemplarse con los ojos será indefectiblemente fotografiado o filmado. Y al revés.
2.2. El turismo es la antítesis de la perfectibilidad del hombre, de su posibilidad de educarse: el corolario de su decadencia irreversible como especie.

3. El turismo también es una forma de maldad.
3.1. Imperativo categórico: ser un hombre de bien, incapaz de hacer turismo sin importar el lugar.

4. Todo lo que el turista pisa pierde momentáneamente su significado místico, histórico y estético.
4.1. Desde una perspectiva turística, cualquier realidad artística se torna pedestre.

5. Las cinco armas imprescindibles con que el turista aborda el mundo: la cámara, la guía, el mapa, la prisa y la cara de imbécil.
Foto de dos turistas colombianos típicos profanando Venecia hace 4 años (armados hasta los dientes).

5.1. Los dos grandes enemigos del turista: el silencio y la soledad. En suma, cualquier manifestación de paz.  
5.2. La imaginación aterida del turista es incapaz de viajar en el tiempo. Sus parámetros de valoración del pasado son aún más estúpidos que los del presente.
5.3. El respeto por la belleza es un imposible. La contemplación silenciosa de cualquier objeto no es una opción. El turista siempre tendrá un comentario idiota por hacer. Se burlará del arte medieval por su condición de ateo; criticará la monarquía con base en el Manifiesto Comunista; a Casanova no le perdonará que no usara preservativos, ni a los Duxes su ridícula vestimenta, la falta de conciencia ecológica y la prohibición del aborto y el matrimonio gay. 


6. Cualquier cosa que el turista ingiera necesariamente será repugnante.
6.1. No importa qué le ofrezcan, lo engullirá sin vacilar, siempre que el restaurante se encuentre próximo a algún monumento y la carta esté en su idioma.

7. Lo que ha sobrevivido al turista sobrevivirá al fin del mundo.
7.1. De existir el Infierno, es un lugar en temporada alta todo el año.

8. Comprar objetos de una fealdad insuperable (souvenirs) para luego exhibirlos sin recato en lugares de privilegio. La noción de "inversión", según el turista.

9. El interés del turista por cualquier lugar u objeto es función directa de la cantidad de imbéciles que lo rodean.
9.1. Un edificio sólo merece ser visitado si hay que hacer cola incluso para salir de él.

10. Definición minimalista de turista: dícese de aquel ser inhumano que no camina sino patea ciudades.
10.1. Version française: individu qui est pressé de tout voir pour rien comprendre; qui "fait" des pays et des villes au lieu de les découvrir; qui phagocyte sans jamais déguster.
Foto de turista colombiano típico dándoselas de chistoso en Abu Simbel

[1] Traducido del original Le leggi fondamentali del turismo: elementi essenziali di una malattia estetica, la prima opera in italiano volgare (molto volgare) del suscrito quien, luego de titular el texto, desistió de continuarlo en esta lengua por respeto a su belleza intrínseca (la de la lengua).

30 ago 2010

Las corridas: un caso difícil



Hoy la Corte Constitucional decidió por 6 votos contra 3 que las corridas de toros, las riñas de gallos, el coleo y las corralejas siguen siendo constitucionales en Colombia, aunque en forma condicionada. El caso, como lo analizamos en una columna publicada en Semana.com era particularmente difícil, pues admitía una doble interpretación racional desde la perspectiva de la hermenéutica constitucional. La Corte estimó que en esta colisión constitucional entre los derechos de los animales, en especial a no ser maltratados, y el patrimonio cultural que constituyen las corridas, este último debe primar. En mi columna sostuve que a pesar de que considero las corridas un arte ancestral de inmensa riqueza estética, puedo apreciarlas e incluso disfrutarlas (no en razón de la tortura del toro sino del despliegue artístico en general de la "fiesta brava"), de haber estado en mis manos el fallo las habría prohibido porque "encuentro legítima la aspiración de eliminar toda forma de violencia innecesaria contra los seres vivos y defiendo la existencia de la dignidad de los animales".
Sin embargo, los magistrados decidieron privilegiar el valor cultural, aun en contra de la opinión del 78% de los colombianos. Hoy Dworkin no debe estar muy contento.

Los dejo con la columna.
No considero bárbaro a alguien que, con razones y argumentos, defienda una línea de pensamiento distinta de la mía. Por el contrario, le estaré siempre agradecido por enseñarme que el mundo tiene varias caras.


Lévi-Strauss sostuvo que bárbaro es en primer lugar quien cree en “la barbarie”. Es decir, quien considera bárbaros a los que piensan y se conducen distinto de él. Pienso que ha ocurrido con la mayoría de opiniones frente a la decisión que debe tomar la Corte Constitucional sobre si prohibir las corridas de toros, discusión donde ha primado el acaloramiento por encima de la reflexión.

Es muy fácil decirle salvaje a quien no comparte nuestra visión del mundo. Los amantes de la fiesta taurina catalogan a sus detractores como incultos e insensibles (no es chiste: insensibles a la estética taurina); y éstos a su vez no bajan a los primeros,  justamente, de “bárbaros” porque disfrutan y consideran una “fiesta” la tortura pública de un animal puesto en desventaja. 


Y sí, la corrida de toros es tortura de animales, pero es mucho más que eso. También es una fiesta “brava”, y un arte de los más ricos en despliegue estético, gústenos o no. ¿Cómo puede ser arte el sufrimiento, la muerte, la violencia? La literatura de Georges Bataille, la pintura de Picasso (evoquemos apenas el Guernica), la música de Beethoven, Wagner y Orff (recordemos su Carmina Burana), la arquitectura de Gaudí, la ropa de Jean-Paul Gaultier, el cine de Tarantino o las artes marciales en general, cuyo insumo fundamental es la violencia (el cuento de que cultivan el pacifismo es sólo publicidad), podrían responder esta pregunta mucho mejor que yo. 

Pero no ocurre sólo con las corridas de toros. Los casos difíciles son frecuentes en el quehacer judicial de los tribunales constitucionales que, en el Estado moderno, son los encargados de zanjar en concreto los grandes debates que el carácter abierto de las cláusulas constitucionales y la labor del legislador, no consiguen prever en abstracto. Una responsabilidad mayor que exige, además de gran preparación jurídica, un sentido histórico, filosófico y político afilado: por la trascendencia de sus fallos, la magistratura de las cortes constitucionales debe reservarse para los más grandes juristas de un país. 



Veamos apenas algunos ejemplos. La burka que portan algunas mujeres musulmanas. Una barbaridad intolerable para Occidente, símbolo del sometimiento de la mujer, que atenta contra los más elementales derechos humanos y su salud mental e incluso física. “Si quieren venir a disfrutar de nuestro primer mundo deben respetarlo e integrarse”, gritan furiosos los nacionales europeos, mientras en Bélgica, Francia, Italia, Holanda y Luxemburgo ya está vedado su uso en lugares públicos.
 


Pero la burka, el niqab y el velo también son expresiones de la libertad religiosa. De la libertad de profesar y exteriorizar el culto que se escoge o, como ocurre la mayoría de veces, que desde pequeños se nos impone (por idiota que sea). Y autorizar su uso en público es un signo de tolerancia frente a las creencias del otro, de aceptación de la divergencia y por lo tanto un buen comienzo del camino hacia la verdadera “integración” (porque lo contrario, la “uniformización” mediante la supresión de la diferencia, es exactamente su negación). 



Sarkozy quiere quitar la nacionalidad francesa a los extranjeros nacionalizados que delincan, algo que a primera vista luce razonable cuando éstos defraudan la confianza del país que los acogió con generosidad. Sin embargo, ¿qué objeto tenía otorgarles la nacionalidad si era sólo para seguirlos tratando como ciudadanos de segunda categoría? ¿Acaso un “verdadero” francés deja de serlo porque se vuelve criminal? No, simplemente va a la cárcel. 


En Venecia, un gondolero ofrece sin recato un paseo de 40 minutos por 80 euros, la tarifa oficial. Un francés se ofende y le dice ladrón mientras un estadounidense se precipita feliz con su esposa sobre la glamurosa embarcación. En términos prácticos los gondoleros son una mafia, al estilo siciliano, a la que sólo se puede acceder siendo italiano (hay apenas 425 licencias para ejercer el oficio, que cuestan alrededor de 300 mil euros, cada una). Una alemana, Alexandra Hai, intentó durante diez años ingresar al gremio, que hasta hace poco era exclusivo de los hombres, pero sólo consiguió hacerlo en forma marginal trabajando para tres hoteles en medio de los insultos de sus colegas, hasta que intervino un tribunal para que al menos la respetaran mientras navegaba. Posteriormente, en 2009, Giorgia Boscolo se convirtió en la prima donna gondoliere a Venezia en forma oficial, quedando claro que ya no se trataba de una discriminación de género sino sólo regional. 



Ni qué decir cuando se tocan lugares sacrosantos de la Iglesia católica, como su concepción medieval de familia. En Latinoamérica, Uruguay y Argentina legalizaron el matrimonio gay. El Tribunal Superior de Justicia brasilero acaba de ir más lejos permitiendo la adopción por parejas homosexuales. 



¿Quién tiene la razón? La respuesta es fácil: quien los magistrados decidan. Que debe ser, en términos de Dworkin, quien mejor se sintonice con la concepción filosófico-política del contexto histórico, temporal y espacial, en examen. En Roma ya no existe el Circo, ni los gladiadores, y no dudo de que su combate a muerte pudo ser un espectáculo tan artístico como sangriento hasta cuando los romanos “se civilizaron”. Pero ¿cuándo fue eso? Y más difícil, ¿cómo pueden unos jueces “civilizar” un pueblo? Mediante un ejercicio de argumentación, por supuesto, que se materializa sin embargo en un acto de poder: la sentencia de tutela o constitucionalidad, en el caso colombiano. 



El juez deseable no es aquel mentiroso que dice fallar “en derecho” porque encontró “la” solución para el caso (ser sobrehumano que el mismo Dworkin denomina metafóricamente juez Hércules). Al contrario, es quien entiende y reconoce que fallar en derecho significa esencialmente moverse dentro de un margen argumentativo que admite múltiples soluciones, algunas más plausibles que otras. Y el aplaudímetro varía en función del contexto: en medio de aplausos catalanes y del rechazo del gobierno español, el 28 de julio pasado el Parlamento de Cataluña prohibió las corridas a partir de 2012, convirtiéndose en la segunda comunidad autonómica, después de Canarias, que se atreve a hacerlo en la cuna histórica de la lidia. En otras palabras, en materia judicial el verbo “fallar” tiene también la segunda acepción que le reconoce el diccionario: equivocarse, acusar falibilidad. 



Si estuvieran en mis manos estos fallos prohibiría las corridas a pesar de que entiendo su valor estético y puedo disfrutarlas, porque encuentro legítima la aspiración de eliminar toda forma de violencia innecesaria contra los seres vivos y defiendo la existencia de la dignidad de los animales; no proscribiría la burka, el niqab ni el velo, no porque me parezcan utensilios admirables (soy adicto a los escotes) sino porque su interdicción, que afecta sólo a un grupo minoritario en Europa, resulta contraproducente: los esposos de estas pobres mujeres ya no las dejan salir ni a la esquina (¿o también les vamos a impedir que se casen?); le quitaría la nacionalidad a Sarkozy por xenófobo, para ver si lo reciben con su misma munificencia en algún otro país (espero que no lea esta columna porque me expulsaría del territorio francés); dejaría que se continúe estafando a turistas pudientes y felices pero incentivando la entrada al oficio de más mujeres, antes que presenciar la invasión de los canales de Venecia por gondoleros obesos atragantados con hamburguesas de McDonald’s; y permitiría a los homosexuales no sólo el matrimonio y la adopción, sino además el sacerdocio, la carrera militar y el ejercicio de cualquier otra profesión loca o derecho reservado a los heterosexuales.

Empero, no considero bárbaro a alguien que, con razones y argumentos, defienda una línea de pensamiento distinta de la mía. Por el contrario, le estaré siempre agradecido por enseñarme que el mundo tiene varias caras. 


21 ago 2010

"La opinión pública no existe". Pierre Bourdieu

Éste es un texto clásico de Pierre Bourdieu, brillante y provocador, indispensable para toda persona que quiera entender cómo se “fabrica” la opinión pública. La afirmación de Bourdieu de que la opinión pública “no existe” dista de ser aporística: resalta que ésta es, ante todo, una ficción, una construcción de los medios y las empresas encuestadoras que se edifica sobre falsos supuestos. Reducir “la opinión de un país” a una cifra, decir por ejemplo que un determinado porcentaje de los colombianos “piensa algo”, es una afirmación espuria.
La argumentación se desarrolla a partir de tres observaciones sobre los sondeos de opinión que develan su naturaleza intrínsecamente limitada, por lo general manipulada, a saber:
1. Las encuestas suponen que todo el mundo debe tener una opinión sobre algo, lo cual no es cierto.
2. Presuponen también que todas las opiniones valen igual. Es decir, se parte de la premisa falsa de que todas las opiniones tienen la misma fuerza real.
3. El simple hecho de formular la misma pregunta a todo el mundo supone una delimitación arbitraria (manipulada) del campo que constituye el objeto de indagación, es decir, supone que existe un consenso sobre los problemas fundamentales. Igual ocurre con la forma como se formula la pregunta, que suele entrañar sesgos.

Buena lectura.

Ver también mi columna en Semana.com sobre « Ingrid y la opinión pública »

L’opinion publique n’existe pas

Exposé fait à Noroit (Arras) en janvier 1972 et paru dans Les temps modernes, 318, janvier 1973, pp. 1292-1309. Repris in Questions de sociologie, Paris, Les Éditions de Minuit, 1984, pp. 222-235.

Je voudrais préciser d'abord que mon propos n'est pas de dénoncer de façon mécanique et facile les sondages d'opinion, mais de procéder à une analyse rigoureuse de leur fonctionnement et de leurs fonctions. Ce qui suppose que l'on mette en question les trois postulats qu'ils engagent implicitement. Toute enquête d'opinion suppose que tout le monde peut avoir une opinion ; ou, autrement dit, que la production d'une opinion est à la portée de tous. Quitte à heurter un sentiment naïvement démocratique, je contesterai ce premier postulat. Deuxième postulat : on suppose que toutes les opinions se valent. Je pense que l'on peut démontrer qu'il n'en est rien et que le fait de cumuler des opinions qui n'ont pas du tout la même force réelle conduit à produire des artefacts dépourvus de sens. Troisième postulat implicite : dans le simple fait de poser la même question à tout le monde se trouve impliquée l'hypothèse qu'il y a un consensus sur les problèmes, autrement dit qu'il y a un accord sur les questions qui méritent d'être posées. Ces trois postulats impliquent, me semble-t-il, toute une série de distorsions qui s'observent lors même que toutes les conditions de la rigueur méthodologique sont remplies dans la recollection et l'analyse des données.

   On fait très souvent aux sondages d'opinion des reproches techniques. Par exemple, on met en question la représentativité des échantillons. Je pense que dans l'état actuel des moyens utilisés par les offices de production de sondages, l'objection n'est guère fondée. On leur reproche aussi de poser des questions biaisées ou plutôt de biaiser les questions dans leur formulation : cela est déjà plus vrai et il arrive souvent que l'on induise la réponse à travers la façon de poser la question. Ainsi, par exemple, transgressant le précepte élémentaire de la construction d'un questionnaire qui exige qu'on « laisse leurs chances » à toutes les réponses possibles, on omet fréquemment dans les questions ou dans les réponses proposées une des options possibles, ou encore on propose plusieurs fois la même option sous des formulations différentes. Il y a toutes sortes de biais de ce type et il serait intéressant de s'interroger sur les conditions sociales d'apparition de ces biais. La plupart du temps ils tiennent aux conditions dans lesquelles travaillent les gens qui produisent les questionnaires. Mais ils tiennent surtout au fait que les problématiques que fabriquent les instituts de sondages d'opinion sont subordonnées à une demande d'un type particulier. Ainsi, ayant entrepris l'analyse d'une grande enquête nationale sur l'opinion des Français concernant le système d'enseignement, nous avons relevé, dans les archives d'un certain nombre de bureaux d'études, toutes les questions concernant l'enseignement. Ceci nous a fait voir que plus de deux cents questions sur le système d'enseignement ont été posées depuis Mai 1968, contre moins d'une vingtaine entre 1960 et 1968. Cela signifie que les problématiques qui s'imposent à ce type d'organisme sont profondément liées à la conjoncture et dominées par un certain type de demande sociale. La question de l'enseignement par exemple ne peut être posée par un institut d'opinion publique que lorsqu'elle devient un problème politique. On voit tout de suite la différence qui sépare ces institutions des centres de recherches qui engendrent leurs problématiques, sinon dans un ciel pur, en tout cas avec une distance beaucoup plus grande à l'égard de la demande sociale sous sa forme directe et immédiate.

   Une analyse statistique sommaire des questions posées nous a fait voir que la grande majorité d'entre elles étaient directement liées aux préoccupations politiques du « personnel politique ». Si nous nous amusions ce soir à jouer aux petits papiers et si je vous disais d'écrire les cinq questions qui vous paraissent les plus importantes en matière d'enseignement, nous obtiendrions sûrement une liste très différente de celle que nous obtenons en relevant les questions qui ont été effectivement posées par les enquêtes d'opinion. La question : « Faut-il introduire la politique dans les lycées ? » (ou des variantes) a été posée très souvent, tandis que la question : « Faut-il modifier les programmes ? » ou « Faut-il modifier le mode de transmission des contenus ? » n'a que très rarement été posée. De même : « Faut-il recycler les enseignants ? ». Autant de questions qui sont très importantes, du moins dans une autre perspective.

   Les problématiques qui sont proposées par les sondages d'opinion sont subordonnées à des intérêts politiques, et cela commande très fortement à la fois la signification des réponses et la signification qui est donnée à la publication des résultats. Le sondage d'opinion est, dans l'état actuel, un instrument d'action politique ; sa fonction la plus importante consiste peut-être à imposer l'illusion qu'il existe une opinion publique comme sommation purement additive d'opinions individuelles ; à imposer l'idée qu'il existe quelque chose qui serait comme la moyenne des opinions ou l'opinion moyenne. L'« opinion publique » qui est manifestée dans les premières pages de journaux sous la forme de pourcentages (60 % des Français sont favorables à...), cette opinion publique est un artefact pur et simple dont la fonction est de dissimuler que l'état de l'opinion à un moment donné du temps est un système de forces, de tensions et qu’il n’est rien de plus inadéquat pour représenter l'état de l'opinion qu'un pourcentage.

   On sait que tout exercice de la force s'accompagne d'un discours visant à légitimer la force de celui qui l'exerce ; on peut même dire que le propre de tout rapport de force, c'est de n'avoir toute sa force que dans la mesure où il se dissimule comme tel. Bref, pour parler simplement, l'homme politique est celui qui dit : « Dieu est avec nous ». L'équivalent de « Dieu est avec nous », c'est aujourd'hui « l'opinion publique est avec nous ». Tel est l'effet fondamental de l'enquête d'opinion : constituer l'idée qu'il existe une opinion publique unanime, donc légitimer une politique et renforcer les rapports de force qui la fondent ou la rendent possible.

   Ayant dit au commencement ce que je voulais dire à la fin, je vais essayer d'indiquer très rapidement quelles sont les opérations par lesquelles on produit cet effet de consensus. La première opération, qui a pour point de départ le postulat selon lequel tout le monde doit avoir une opinion, consiste à ignorer les non-réponses. Par exemple vous demandez aux gens : « Êtes-vous favorable au gouvernement Pompidou ? » Vous enregistrez 30 % de non-réponses, 20 % de oui, 50 % de non. Vous pouvez dire : la part des gens défavorables est supérieure à la part des gens favorables et puis il y a ce résidu de 30 %. Vous pouvez aussi recalculer les pourcentages favorables et défavorables en excluant les non-réponses. Ce simple choix est une opération théorique d'une importance fantastique sur laquelle je voudrais réfléchir avec vous.

   Éliminer les non-réponses, c'est faire ce qu'on fait dans une consultation électorale où il y a des bulletins blancs ou nuls ; c'est imposer à l'enquête d'opinion la philosophie implicite de l'enquête électorale. Si l'on regarde de plus près, on observe que le taux des non-réponses est plus élevé d'une façon générale chez les femmes que chez les hommes, que l'écart entre les femmes et les hommes est d'autant plus élevé que les problèmes posés sont d'ordre plus proprement politique. Autre observation : plus une question porte sur des problèmes de savoir, de connaissance, plus l'écart est grand entre les taux de non-réponses des plus instruits et des moins instruits. À l'inverse, quand les questions portent sur les problèmes éthiques, les variations des non-réponses selon le niveau d'instruction sont faibles (exemple : « Faut-il être sévère avec les enfants ? »). Autre observation : plus une question pose des problèmes conflictuels, porte sur un nœud de contradictions (soit une question sur la situation en Tchécoslovaquie pour les gens qui votent communiste), plus une question est génératrice de tensions pour une catégorie déterminée, plus les non-réponses sont fréquentes dans cette catégorie. En conséquence, la simple analyse statistique des non-réponses apporte une information sur ce que signifie la question et aussi sur la catégorie considérée, celle-ci étant définie autant par la probabilité qui lui est attachée d'avoir une opinion que par la probabilité conditionnelle d'avoir une opinion favorable ou défavorable.

   L'analyse scientifique des sondages d'opinion montre qu'il n'existe pratiquement pas de problème omnibus ; pas de question qui ne soit réinterprétée en fonction des intérêts des gens à qui elle est posée, le premier impératif étant de se demander à quelle question les différentes catégories de répondants ont cru répondre. Un des effets les plus pernicieux de l'enquête d'opinion consiste précisément à mettre les gens en demeure de répondre à des questions qu'ils ne se sont pas posées. Soit par exemple les questions qui tournent autour des problèmes de morale, qu'il s'agisse des questions sur la sévérité des parents, les rapports entre les maîtres et les élèves, la pédagogie directive ou non directive, etc., problèmes qui sont d'autant plus perçus comme des problèmes éthiques qu'on descend davantage dans la hiérarchie sociale, mais qui peuvent être des problèmes politiques pour les classes supérieures : un des effets de l'enquête consiste à transformer des réponses éthiques en réponses politiques par le simple effet d'imposition de problématique.

   En fait, il y a plusieurs principes à partir desquels on peut engendrer une réponse. Il y a d'abord ce qu'on peut appeler la compétence politique par référence à une définition à la fois arbitraire et légitime, c'est-à-dire dominante et dissimulée comme telle, de la politique. Cette compétence politique n'est pas universellement répandue. Elle varie grosso modo comme le niveau d'instruction. Autrement dit, la probabilité d'avoir une opinion sur toutes les questions supposant un savoir politique est assez comparable à la probabilité d'aller au musée. On observe des écarts fantastiques : là où tel étudiant engagé dans un mouvement gauchiste perçoit quinze divisions à gauche du PSU, pour un cadre moyen il n'y a rien. Dans l'échelle politique (extrême-gauche, gauche, centre-gauche, centre, centre-droit, droite, extrême-droite, etc.) que les enquêtes de « science politique » emploient comme allant de soi, certaines catégories sociales utilisent intensément un petit coin de l'extrême-gauche ; d'autres utilisent uniquement le centre, d'autres utilisent toute l'échelle. Finalement une élection est l'agrégation d'espaces tout à fait différents ; on additionne des gens qui mesurent en centimètres avec des gens qui mesurent en kilomètres, ou, mieux, des gens qui notent de 0 à 20 et des gens qui notent entre 9 et 11. La compétence se mesure entre autres choses au degré de finesse de perception (c'est la même chose en esthétique, certains pouvant distinguer les cinq ou six manières successives d'un seul peintre).

   Cette comparaison peut être poussée plus loin. En matière de perception esthétique, il y a d'abord une condition permissive : il faut que les gens pensent l'œuvre d'art comme une œuvre d'art ; ensuite, l'ayant perçue comme œuvre d'art, il faut qu'ils aient des catégories de perception pour la construire, la structurer, etc. Supposons une question formulée ainsi : « Êtes-vous pour une éducation directive ou une éducation non directive ? » Pour certains, elle peut être constituée comme politique, la représentation des rapports parents-enfants s'intégrant dans une vision systématique de la société ; pour d'autres, c'est une pure question de morale. Ainsi le questionnaire que nous avons élaboré et dans lequel nous demandons aux gens si, pour eux, c'est de la politique ou non de faire la grève, d'avoir les cheveux longs, de participer à un festival pop, etc., fait apparaître des variations très grandes selon les classes sociales. La première condition pour répondre adéquatement à une question politique est donc d'être capable de la constituer comme politique ; la deuxième, l'ayant constituée comme politique, est d'être capable de lui appliquer des catégories proprement politiques qui peuvent être plus ou moins adéquates, plus ou moins raffinées, etc. Telles sont les conditions spécifiques de production des opinions, celles que l'enquête d'opinion suppose universellement et uniformément remplies avec le premier postulat selon lequel tout le monde peut produire une opinion.
   Deuxième principe à partir duquel les gens peuvent produire une opinion, ce que j'appelle l'« ethos de classe » (pour ne pas dire « éthique de classe »), c'est-à-dire un système de valeurs implicites que les gens ont intériorisées depuis l'enfance et à partir duquel ils engendrent des réponses à des problèmes extrêmement différents. Les opinions que les gens peuvent échanger à la sortie d'un match de football entre Roubaix et Valenciennes doivent une grande partie de leur cohérence, de leur logique, à l’ethos de classe. Une foule de réponses qui sont considérées comme des réponses politiques, sont en réalité produites à partir de l'ethos de classe et du même coup peuvent revêtir une signification tout à fait différente quand elles sont interprétées sur le terrain politique. Là, je dois faire référence à une tradition sociologique, répandue surtout parmi certains sociologues de la politique aux États-Unis, qui parlent très communément d'un conservatisme et d'un autoritarisme des classes populaires. Ces thèses sont fondées sur la comparaison internationale d'enquêtes ou d'élections qui tendent à montrer que chaque fois que l'on interroge les classes populaires, dans quelque pays que ce soit, sur des problèmes concernant les rapports d'autorité, la liberté individuelle, la liberté de la presse, etc., elles font des réponses plus « autoritaires » que les autres classes ; et on en conclut globalement qu'il y a un conflit entre les valeurs démocratiques (chez l'auteur auquel je pense, Lipset, il s'agit des valeurs démocratiques américaines) et les valeurs qu'ont intériorisées les classes populaires, valeurs de type autoritaire et répressif. De là, on tire une sorte de vision eschatologique : élevons le niveau de vie, élevons le niveau d'instruction et, puisque la propension à la répression, à l'autoritarisme, etc., est liée aux bas revenus, aux bas niveaux d'instruction, etc., nous produirons ainsi de bons citoyens de la démocratie américaine. À mon sens ce qui est en question, c'est la signification des réponses à certaines questions. Supposons un ensemble de questions du type suivant : Êtes-vous favorable à l'égalité entre les sexes ? Êtes-vous favorable à la liberté sexuelle des conjoints ? Êtes-vous favorable à une éducation non répressive ? Êtes-vous favorable à la nouvelle société ? etc. Supposons un autre ensemble de questions du type : Est-ce que les professeurs doivent faire la grève lorsque leur situation est menacée?  Les enseignants doivent-ils être solidaires avec les autres fonctionnaires dans les périodes de conflit social ? etc. Ces deux ensembles de questions donnent des réponses de structure strictement inverse sous le rapport de la classe sociale : le premier ensemble de questions, qui concerne un certain type de novation dans les rapports sociaux, dans la forme symbolique des relations sociales, suscite des réponses d'autant plus favorables que l'on s'élève dans la hiérarchie sociale et dans la hiérarchie selon le niveau d'instruction ; inversement, les questions qui portent sur les transformations réelles des rapports de force entre les classes suscitent des réponses de plus en plus défavorables à mesure qu'on s'élève dans la hiérarchie sociale.

   Bref, la proposition « Les classes populaires sont répressives » n'est ni vraie ni fausse. Elle est vraie dans la mesure où, devant tout un ensemble de problèmes comme ceux qui touchent à la morale domestique, aux relations entre les générations ou entre les sexes, les classes populaires ont tendance à se montrer beaucoup plus rigoristes que les autres classes sociales. Au contraire, sur les questions de structure politique, qui mettent en jeu la conservation ou la transformation de l'ordre social, et non plus seulement la conservation ou la transformation des modes de relation entre les individus, les classes populaires sont beaucoup plus favorables à la novation, c'est-à-dire à une transformation des structures sociales. Vous voyez comment certains des problèmes posés en Mai 1968, et souvent mal posés, dans le conflit entre le parti communiste et les gauchistes, se rattachent très directement au problème central que j'ai essayé de poser ce soir, celui de la nature des réponses, c'est-à-dire du principe à partir duquel elles sont produites. L'opposition que j'ai faite entre ces deux groupes de questions se ramène en effet à l'opposition entre deux principes de production des opinions : un principe proprement politique et un principe éthique, le problème du conservatisme des classes populaires étant le produit de l'ignorance de cette distinction.

   L'effet d'imposition de problématique, effet exercé par toute enquête d'opinion et par toute interrogation politique (à commencer par l'électorale), résulte du fait que les questions posées dans une enquête d'opinion ne sont pas des questions qui se posent réellement à toutes les personnes interrogées et que les réponses ne sont pas interprétées en fonction de la problématique par rapport à laquelle les différentes catégories de répondants ont effectivement répondu. Ainsi la problématique dominante, dont la liste des questions posées depuis deux ans par les instituts de sondage fournit une image, c'est-à-dire la problématique qui intéresse essentiellement les gens qui détiennent le pouvoir et qui entendent être informés sur les moyens d'organiser leur action politique, est très inégalement maîtrisée par les différentes classes sociales. Et, chose importante, celles-ci sont plus ou moins aptes à produire une contre-problématique. À propos du débat télévisé entre Servan-Schreiber et Giscard d'Estaing, un institut de sondages d'opinion avait posé des questions du type : « Est-ce que la réussite scolaire est fonction des dons, de l'intelligence, du travail, du mérite ? » Les réponses recueillies livrent en fait une information (ignorée de ceux qui les produisaient) sur le degré auquel les différentes classes sociales ont conscience des lois de la transmission héréditaire du capital culturel : l'adhésion au mythe du don et de l'ascension par l'école, de la justice scolaire, de l'équité de la distribution des postes en fonction des titres, etc., est très forte dans les classes populaires. La contre-problématique peut exister pour quelques intellectuels mais elle n'a pas de force sociale bien qu'elle ait été reprise par un certain nombre de partis, de groupes. La vérité scientifique est soumise aux mêmes lois de diffusion que l'idéologie. Une proposition scientifique, c'est comme une bulle du pape sur la régulation des naissances, ça ne prêche que les convertis.

   On associe l'idée d'objectivité dans une enquête d'opinion au fait de poser la question dans les termes les plus neutres afin de donner toutes les chances à toutes les réponses. En réalité, l'enquête d'opinion serait sans doute plus proche de ce qui se passe dans la réalité si, transgressant complètement les règles de l'« objectivité », on donnait aux gens les moyens de se situer comme ils se situent réellement dans la pratique réelle, c'est-à-dire par rapport à des opinions déjà formulées ; si, au lieu de dire par exemple « II y a des gens favorables à la régulation des naissances, d'autres qui sont défavorables ; et vous ?... », on énonçait une série de prises de positions explicites de groupes mandatés pour constituer les opinions et les diffuser, de façon que les gens puissent se situer par rapport à des réponses déjà constituées. On parle communément de « prises de position » ; il y a des positions qui sont déjà prévues et on les prend. Mais on ne les prend pas au hasard. On prend les positions que l'on est prédisposé à prendre en fonction de la position que l'on occupe dans un certain champ. Une analyse rigoureuse vise à expliquer les relations entre la structure des positions à prendre et la structure du champ des positions objectivement occupées.

   Si les enquêtes d'opinion saisissent très mal les états virtuels de l'opinion et plus exactement les mouvements d'opinion, c'est, entre autres raisons, que la situation dans laquelle elles appréhendent les opinions est tout à fait artificielle. Dans les situations où se constitue l'opinion, en particulier les situations de crise, les gens sont devant des opinions constituées, des opinions soutenues par des groupes, en sorte que choisir entre des opinions, c'est très évidemment choisir entre des groupes. Tel est le principe de l'effet de politisation que produit la crise : il faut choisir entre des groupes qui se définissent politiquement et définir de plus en plus de prises de position en fonction de principes explicitement politiques. En fait, ce qui me paraît important, c'est que l'enquête d'opinion traite l'opinion publique comme une simple somme d'opinions individuelles, recueillies dans une situation qui est au fond celle de l'isoloir, où l'individu va furtivement exprimer dans l'isolement une opinion isolée. Dans les situations réelles, les opinions sont des forces et les rapports d'opinions sont des conflits de force entre des groupes.
   Une autre loi se dégage de ces analyses : on a d'autant plus d'opinions sur un problème que l'on est plus intéressé par ce problème, c'est-à-dire que l'on a plus intérêt à ce problème. Par exemple sur le système d'enseignement, le taux de réponses est très intimement lié au degré de proximité par rapport au système d'enseignement, et la probabilité d'avoir une opinion varie en fonction de la probabilité d'avoir du pouvoir sur ce à propos de quoi on opine. L'opinion qui s'affirme comme telle, spontanément, c'est l'opinion des gens dont l'opinion a du poids, comme on dit. Si un ministre de l'Éducation nationale agissait en fonction d'un sondage d'opinion (ou au moins à partir d'une lecture superficielle du sondage), il ne ferait pas ce qu'il fait lorsqu'il agit réellement comme un homme politique, c'est-à-dire à partir des coups de téléphone qu'il reçoit, de la visite de tel responsable syndical, de tel doyen, etc. En fait, il agit en fonction de ces forces d'opinion réellement constituées qui n'affleurent à sa perception que dans la mesure où elles ont de la force et où elles ont de la force parce qu'elles sont mobilisées.

   S'agissant de prévoir ce que va devenir l'Université dans les dix années prochaines, je pense que l'opinion mobilisée constitue la meilleure base. Toutefois, le fait, attesté par les non-réponses, que les dispositions de certaines catégories n'accèdent pas au statut d'opinion, c'est-à-dire de discours constitué prétendant à la cohérence, prétendant à être entendu, à s'imposer, etc., ne doit pas faire conclure que, dans des situations de crise, les gens qui n'avaient aucune opinion choisiront au hasard : si le problème est politiquement constitué pour eux (problèmes de salaire, de cadence de travail pour les ouvriers), ils choisiront en termes de compétence politique ; s'il s'agit d'un problème qui n'est pas constitué politiquement pour eux (répressivité dans les rapports à l'intérieur de l'entreprise) ou s'il est en voie de constitution, ils seront guidés par le système de dispositions profondément inconscient qui oriente leurs choix dans les domaines les plus différents, depuis l'esthétique ou le sport jusqu'aux préférences économiques. L'enquête d'opinion traditionnelle ignore à la fois les groupes de pression et les dispositions virtuelles qui peuvent ne pas s'exprimer sous forme de discours explicite. C'est pourquoi elle est incapable d'engendrer la moindre prévision raisonnable sur ce qui se passerait en situation de crise.

   Supposons un problème comme celui du système d'enseignement. On peut demander : « Que pensez-vous de la politique d'Edgar Faure ? » C'est une question très voisine d'une enquête électorale, en ce sens que c'est la nuit où toutes les vaches sont noires : tout le monde est d'accord grosso modo sans savoir sur quoi ; on sait ce que signifiait le vote à l'unanimité de la loi Faure à l'Assemblée nationale. On demande ensuite : « Êtes-vous favorable à l'introduction de la politique dans les lycées ? » Là, on observe un clivage très net. Il en va de même lorsqu'on demande : « Les professeurs peuvent-ils faire grève ? » Dans ce cas, les membres des classes populaires, par un transfert de leur compétence politique spécifique, savent quoi répondre. On peut encore demander : « Faut-il transformer les programmes ? Êtes-vous favorable au contrôle continu ? Êtes-vous favorable à l'introduction des parents d'élèves dans les conseils des professeurs ? Êtes-vous favorable à la suppression de l'agrégation ? etc. » Sous la question « êtes-vous favorable à Edgar Faure ? », il y avait toutes ces questions et les gens ont pris position d'un coup sur un ensemble de problèmes qu'un bon questionnaire ne pourrait poser qu'au moyen d'au moins soixante questions à propos desquelles on observerait des variations dans tous les sens. Dans un cas les opinions seraient positivement liées à la position dans la hiérarchie sociale, dans l'autre, négativement, dans certains cas très fortement, dans d'autres cas faiblement, ou même pas du tout. Il suffit de penser qu'une consultation électorale représente la limite d'une question comme « êtes-vous favorable à Edgar Faure ? » pour comprendre que les spécialistes de sociologie politique puissent noter que la relation qui s'observe habituellement, dans presque tous les domaines de la pratique sociale, entre la classe sociale et les pratiques ou les opinions, est très faible quand il s'agit de phénomènes électoraux, à tel point que certains n'hésitent pas à conclure qu'il n'y a aucune relation entre la classe sociale et le fait de voter pour la droite ou pour la gauche. Si vous avez à l'esprit qu'une consultation électorale pose en une seule question syncrétique ce qu'on ne pourrait raisonnablement saisir qu'en deux cents questions, que les uns mesurent en centimètres, les autres en kilomètres, que la stratégie des candidats consiste à mal poser les questions et à jouer au maximum sur la dissimulation des clivages pour gagner les voix qui flottent, et tant d'autres effets, vous concluerez qu'il faut peut-être poser à l'envers la question traditionnelle de la relation entre le vote et la classe sociale et se demander comment il se fait que l'on constate malgré tout une relation, même faible ; et s'interroger sur la fonction du système électoral, instrument qui, par sa logique même, tend à atténuer les conflits et les clivages. Ce qui est certain, c'est qu'en étudiant le fonctionnement du sondage d'opinion, on peut se faire une idée de la manière dont fonctionne ce type particulier d'enquête d'opinion qu'est la consultation électorale et de l'effet qu'elle produit.

   Bref, j'ai bien voulu dire que l'opinion publique n'existe pas, sous la forme en tout cas que lui prêtent ceux qui ont intérêt à affirmer son existence. J'ai dit qu'il y avait d'une part des opinions constituées, mobilisées, des groupes de pression mobilisés autour d'un système d'intérêts explicitement formulés ; et d'autre part, des dispositions qui, par définition, ne sont pas opinion si l'on entend par là, comme je l'ai fait tout au long de cette analyse, quelque chose qui peut se formuler en discours avec une certaine prétention à la cohérence. Cette définition de l'opinion n'est pas mon opinion sur l'opinion. C'est simplement l'explicitation de la définition que mettent en œuvre les sondages d'opinion en demandant aux gens de prendre position sur des opinions formulées et en produisant, par simple agrégation statistique d'opinions ainsi produites, cet artefact qu'est l'opinion publique. Je dis simplement que l'opinion publique dans l'acception implicitement admise par ceux qui font des sondages d'opinion ou ceux qui en utilisent les résultats, je dis simplement que cette opinion-là n'existe pas.

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