15 jul. 2012

Concepto para la Corte sobre sustitución constitucional

A continuación comparto el texto de la intervención que escribí junto con el Dr. César Vallejo para coadyuvar las demandas por sustitución constitucional presentadas por varios ciudadanos en contra del Acto Legislativo 1 de 2011. Esta intervención se inscribe en el marco de la línea jurisprudencial de límites a la reforma de la Constitución inaugurada por la Corte Constitucional en la Sentencia C-551 de 2003, que en el transcurso de los últimos nueve años ha probado ser indispensable para la protección de la democracia colombiana y la voluntad del poder constituyente de 1991 (con base en ella la Corte bloqueó la segunda aspiración reeleccionista de Álvaro Uribe en 2010). Sin embargo, debido al alto grado de complejidad y al método inductivo que ha primado en su desarrollo, la evolución hermenéutica, en especial en lo relativo al “test de sustitución constitucional”, ha sido con frecuencia errática y confusa. En esta medida, este escrito aspira tanto a ponderar la solidez de los argumentos defendidos por las demandas bajo análisis, como a contribuir con ello a la depuración de una teoría aún en proceso de construcción dialógica entre la ciudadanía y la corporación.
El Acto Legislativo 1 de 2011 eliminó el régimen de conflictos de interés de congresistas para la votación de actos legislativos. Fue esta norma la que permitió que varios parlamentarios procesados judicialmente votaran la fallida reforma constitucional a la justicia, a pesar de tener un interés personal directo en sus resultados. Los demandantes consideran que esta "reforma"en realidad sustituyó la Constitución porque derogó el principio de prevalencia del interés general en las actuaciones de los servidores públicos.
ACTO LEGISLATIVO 1 DE 2011
(mayo 31)
Diario Oficial No. 48.086 de 31 de mayo de 2011
Por el cual se adiciona el parágrafo del artículo 183 de la Constitución Política de Colombia.
EL CONGRESO DE COLOMBIA
DECRETA:
ARTÍCULO 1o. Adiciónese el parágrafo del artículo 183 de la Constitución Política, con el siguiente inciso que será el primero:
La causal 1 en lo referido al régimen de conflicto de intereses no tendrá aplicación cuando los Congresistas participen en el debate y votación de proyectos de actos legislativos.
ARTÍCULO 2o. El presente acto legislativo rige a partir de la fecha de su promulgación.


10 may. 2012

Felicidad, suicidio y desempeño estatal

La Semana Santa pasada aproveché, como es costumbre, para leer y escribir sobre asuntos non sanctos. Esta vez evacué una parte de mi tesis en la que me propuse averiguar si se podía establecer una correlación entre la tasa de suicidio de un país, la felicidad de su población y el desempeño del Estado. Establecida la correlación (no siempre en el sentido que era de esperarse) intenté avanzar una explicación al respecto con base en la literatura disponible, en especial el clásico de Durkheim publicado en 1897 sobre las causas sociológicas de las tasas disparadas de suicidio en la europa de finales del XIX, la actualización que Baudelot y Establet hicieron de la problemática en 2006 con su excelente libro "Suicide: l'envers de notre monde", los estudios de Ronald Inglehart (director de la World Values Survey) relativos a los valores globales y la forma como influyen en el comportamiento de los estados, y las dos entregas (2006 y 2009) del Happy Planet Index, que busca medir los niveles de felicidad global.
La columna que hoy publico en Kien&Ke ("El país de los idiotas felices") aborda solamente el tema de la extrema felicidad que, según varias mediciones, experimenta la mayoría de los colombianos en medio de la extrema violencia y la extrema desigualdad. Sin duda somos un país de extremos, también de extrema imbecilidad. El texto que comparto a continuación extiende el análisis al suicidio y el desempeño estatal en general. Más abajo se encuentra una Ted talk sobre el Happy Planet Index.



26 nov. 2011

La Colombie: entre force de l’État et démocratie

Este documento contiene la presentación de la problemática y el plan de mi tesis para aspirar al título de Doctor en ciencia política por la Universidad Paris 2 Panthéon-Assas.
Creo en el modelo colaborativo de generación de conocimiento, es decir, en que cuantas más personas piensan el mismo problema, tanto mayor es la posibilidad de que formulen preguntas significativas y adviertan nuevas dimensiones que enriquecen la comprensión del observable.
Por esta razón agradeceré cualquier comentario, opinión, crítica (tanto constructiva como destructiva) o sugerencia a la estructura propuesta, en la sección de comentarios o al correo: florezjose@hotmail.com

12 nov. 2011

Failed State or Failed Concept? Problems Arising from the Notion of State Failure and the Indexes that Attempt to Measure it

Ponencia presentada en el Congreso Latif2001 (Kolumbien: Vom Failing State zum Raising Star) de la Universidad de Köln, 13 de noviembre de 2011.

Abstract
The dialectic of “failed states” supposed a rediscovery of the state with great virtues, such as implementing an interdisciplinary toolbox which allows construction of a global panoramic view of state performance. But it also raises serious difficulties due to the politicization suffered by the debate on state weakness after the 9/11 attacks. Thereafter, the manipulation of an initially academic concept by the U. S. foreign policy agenda, obsessed with security and focused on the war on terrorism, ended up by turning it into a new pretext for intervention in internal affairs of sovereign weaker states, impoverishing the notion of “failed state” to such an extent that it became analytically unusable.
Furthermore, the growing geopolitical role of the concept of state failure was accompanied by the lack of methodological care in the preparation of the indexes that seek to measure it. There are many conceptual weaknesses in the notion of “failed state” and in the classifications that derive from it, as well as methodological flaws in the indexes that attempt to evaluate state performance. However, the analytical precariousness of poor state performance indexes (pspi) has not been an obstacle for them to multiply and increase their influence in building the global imaginary about the qualities of the states, nor to be used as crucial tools in the formulation of public policy and the approval of multilateral aid.
This article systematically reveals the main analytical and political obstacles faced by the notion of state failure and poor state performance indexes. The first part presents the conceptual difficulties offered by the definition of failed state. The second one develops the epistemological difficulties that must be overcome by the pspi in their process of elaboration.
Key words
Colombia, democracy, failed states, globalization, poor state performance indexes, public policy, state failure, state weakness

Resumen
La dialéctica de los “estados fallidos” supuso un redescubrimiento del Estado con grandes virtudes, como la implementación de una caja de herramientas interdisciplinaria que permite construir una visión global panorámica del desempeño estatal. Pero también plantea serias dificultades debido a la politización que sufrió el debate sobre la debilidad estatal después de los ataques del 11 de septiembre. En adelante, la instrumentalización de un concepto inicialmente académico por parte de la agenda política internacional estadounidense, obsesionada con la seguridad y centrada en la guerra contra el terrorismo, terminó por convertirlo en un nuevo pretexto para la intervención en los asuntos internos de los estados soberanos más débiles, pauperizando la noción de Estado fallido a tal grado que la volvió analíticamente inutilizable.
Por otra parte, el creciente protagonismo geopolítico del concepto de falla estatal se vio acompañado de la falta de cuidado metodológico en la elaboración de los índices que buscan medirla. Son numerosas las debilidades conceptuales de la noción de “Estado fallido” y las clasificaciones que se le aparejan, así como las falencias metodológicas que sistemáticamente acusan los índices que intentan evaluar el desempeño estatal. No obstante, la precariedad analítica de los poor state performance indexes (pspi) no ha sido óbice para su multiplicación y el aumento de su influencia en la construcción del imaginario global sobre las calidades de los estados, ni para su consolidación como herramientas cruciales en la formulación de políticas públicas y la aprobación de ayudas multilaterales.
Este artículo devela, en forma sistemática, los principales obstáculos analíticos y políticos que enfrentan la noción de Estado fallido y los índices de desempeño estatal. En la primera parte se exponen las dificultades conceptuales que presenta la definición de Estado fallido. En la segunda, los escollos epistemológicos que deben salvar los índices de bajo desempeño estatal durante su proceso de elaboración.
Palabras clave
Colombia, debilidad estatal, democracia, estados fallidos, falla estatal, globalización, índices de bajo desempeño estatal, políticas públicas


Sumario
Introducción. I. Dificultades analíticas de la noción de Estado fallido. A. Ambigüedad del concepto. B. El “mínimo weberiano”: una receta estándar para problemas distintos. C. Indagación por las causas del fracaso estatal y los mecanismos para prevenirlo y remediarlo. D. Ubicación de los estados en el continuo debilidad-fortaleza. E. Orden de prelación que debe dárseles a los indicadores del desempeño estatal. F. Implicaciones políticas internacionales del debate sobre el desempeño estatal. Sobre la “amenaza global” de los estados fallidos. G. Politización del debate académico sobre el desempeño del Estado: las “escuelas” del fracaso estatal. II. Límites intrínsecos y vicios metodológicos de los índices de desempeño estatal. A. Dificultades en el proceso de definición. B. Dificultades en el proceso de codificación. C. Dificultades en el proceso de agregación. III. Reflexión final: el péndulo histórico del fracaso estatal.


19 ago. 2011

Ni ideal ni desastre. Colombia: entre el mito de la robustez democrática y el estereotipo de nación violenta

Este ensayo (escrito en el marco de la celebración de los 125 años de la Universidad Externado de Colombia) revisa algunas de las visiones académicas que han hecho carrera sobre la democracia colombiana, para cotejarlas con las prácticas que se pueden verificar en la práctica histórica con miras a evaluar su poder explicativo. El objetivo principal es desvirtuar los dos estereotipos extremos que han primado sobre nuestra experiencia democrática. De un lado, el de Colombia como la democracia “más antigua de Latinoamérica” e ideal de apego democrático, que encontraría su principal manifestación en una fuerte tradición electoral de más de doscientos años de vida republicana durante los cuales los golpes de Estado y las dictaduras militares han brillado por su ausencia (visión democrática optimista). Y de otro lado el estereotipo que caracteriza a Colombia como una “nación criminal”, un Estado “endémicamente débil” que aún no ha terminado de formarse, y donde la violencia política desvirtúa cualquier posibilidad de legitimidad democrática (visión democrática pesimista). En lugar de aventurar respuestas definitivas, el texto pone en evidencia falacias argumentativas, al tiempo que sugiere derroteros conceptuales y  estrategias de investigación.
Sumario. I. ¿Historia de la democracia o democracia en la historia? II. La feria de los adjetivos. A. ¿Estado, régimen o gobierno ilegítimo? B. ¿Una democracia “disminuida”? III. El mito de la robustez democrática. IV. Necesidad de un modelo de análisis transversal.


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29 abr. 2011

Álvaro Uribe y el terrorismo

Link a la columna en Semana

No cabe duda de que cuando el ex presidente olvida el nombre de alguien o algo, automáticamente, por un acto reflejo, lo llama terrorista.

Al ex presidente Álvaro Uribe le encanta la palabra terrorismo y sus derivados. Es el vocablo que define el derrotero central de todo su universo político.

Cuando llegó a la Presidencia, declaró  la inexistencia del conflicto armado interno colombiano (nada menos que el más antiguo de los que subsisten en el  mundo) y de sus actores subversivos, reduciéndolos a la simple condición de “terroristas”. 

No es que las FARC no sean terroristas. Evidentemente lo son porque cometen actos terroristas, pero desbordan la noción. También son, aunque ello no embone con la rudimentaria cosmogonía uribista, un grupo subversivo que aspira a derrocar al Estado.

De igual modo, el país sí padece un conflicto armado y enfrenta varios ejércitos irregulares, en lugar de una banda de fundamentalistas prestos a inmolarse en cada supermercado, como el ex mandatario pretende.

Esta prematura salida en falso fue apenas el prefacio de lo que ahora podríamos llamar “la dialéctica uribista del delirio terrorista”. A día de hoy, en el particular vocabulario del ex mandatario, terrorista es toda persona que lo critica, o cualquier entidad abstracta que funciona con independencia de sus caprichos, como el Derecho Internacional Humanitario (ya veremos por qué).

A lo largo de su vertiginosa carrera de malversación adjetival, Uribe llamó “terroristas vestidos de civil” a los miembros de la oposición, y a varias ONG’s que denunciaron la deslucida gestión de su gobierno en la protección de los derechos humanos, las acusó de “actuar al servicio del terrorismo”. Luego se dedicó a insultar a los mejores periodistas de Colombia: de Hollman Morris dijo que se escudaba en su condición de periodista “para ser permisivo cómplice del terrorismo", y a Daniel Coronell lo acusó por Twitter de “mafioso, sicario, bandido y mentiroso redomado”.

Pero aún no satisfecho con su prolijo prontuario de sandeces, decidió arremeter la semana pasada contra el Premio Nobel de Paz argentino Adolfo Pérez Esquivel, llamándolo “vocero y defensor de terroristas”.

Esta práctica neurótica ya nos resulta familiar. Es la manifestación de ese singular vicio del habla que se conoce como “anomia” y consiste, según el DRAE, en el “trastorno del lenguaje que impide llamar a las cosas por su nombre”. Porque no cabe duda de que cuando el ex presidente olvida el nombre de alguien o algo, automáticamente, por un acto reflejo, lo llama terrorista.

Sin embargo, los pasatiempos de Uribe no se limitan al terrorismo dialéctico. También  prohíja una fascinación incontrolada por el terrorismo judicial, es decir, por intimidar personas que lo critican con base en pruebas o hechos de conocimiento público, mediante demandas judiciales por injuria y calumnia, como ocurrió la semana pasada con el Nobel Pérez Esquivel. Se trata de un ejercicio muy de moda por estos días entre ex presidentes colombianos, el de querer limpiar con falsas causas judiciales contra periodistas y figuras que sí gozan de prestigio social, el lodazal de corrupción que dejaron tras su gobierno. Claro, el mundo al revés.

Pero volvamos al delirio terrorista verbal. En una entrevista que le concedió al diario caleño El País el domingo pasado, Uribe inauguró una nueva dimensión hasta entonces desconocida de su terrorismo dialéctico. Esta vez sus afirmaciones desbordaron la mera disfunción anómica para entrar en terrenos del surrealismo. Afirmó que “hay un terrorismo jurídico que está paralizando a las fuerzas militares”. Este terrorismo, en su entender, consiste en que no le permiten al Ejército violar el Derecho Internacional Humanitario bombardeando a los narcotraficantes y las bandas criminales, en lugar de esforzarse por capturar a sus miembros.

Pero allí no paró la psicosis. Como en una película de Luis Buñuel, Uribe se atrevió a afirmar que “frente a la Presidencia lo que yo tengo es gratitud con mis compatriotas que me permitieron ejercerla ocho años” (se subraya).

¡Oígase esto! Ahora nosotros, “sus compatriotas”, fuimos quienes le permitimos acceder en forma ilegal a la Presidencia durante su segundo período, mediante la comisión del delito de cohecho. Semejante afirmación daría para una denuncia judicial masiva por calumnia, de parte de todos los colombianos que no violamos el Código Penal. ¿Cómo se atreve el ex presidente a endilgarnos a los colombianos que respetamos la ley la comisión de semejante hecho punible tan repudiable?  

¿Acaso olvidó tan pronto el escándalo de la Yidispolítica? Señor Uribe, le refresco la memoria: en lo que a los colombianos que sí respetamos el ordenamiento jurídico respecta, usted solo fue presidente del país durante los primeros cuatro años. Si alguien le permitió usurpar el cargo presidencial durante otros cuatro, fueron los parlamentarios corruptos que hoy están en la cárcel porque vendieron su voto a cambio de notarías y otras dádivas, para que fuera ilegalmente aprobada en el Congreso la reforma constitucional que lo habilitó para presentarse nuevamente a elecciones.

No abuse en las entrevistas de la fama de desmemoriados que tenemos los colombianos. No olvide que la Corte Suprema de Justicia, cuando condenó a Yidis Medina, precisó que el Acto Legislativo No. 2 de 2004, ese adefesio jurídico que preparó la catástrofe que sería su segundo mandato presidencial, fue ilegítimo: "La aprobación de la reforma constitucional fue expresión de una clara desviación de poder, en la medida en que el apoyo de una congresista a la iniciativa de enmienda constitucional se obtuvo a partir de acciones delictivas (...) La Corte Constitucional ha señalado que es posible advertir actos de desviación de poder en los trámites que cumple el Congreso de la República, resultando paradigmática tal circunstancia cuando por medio del cohecho se consigue que uno de sus miembros apoye una iniciativa que no era de su agrado y que inclusive rechazó públicamente (...) Tal respaldo definitivo para su aprobación no surgió como fruto de su libre examen y convencimiento sobre la bondades de la propuesta, sino gracias a las canonjías impúdicas que le ofrecieron y recibió; entonces, deviene ilegítima la actividad constitucional desplegada”.

De no ser porque no me regalaron el diploma de abogado (como a ciertos ex presidentes que se la pasan denunciando temerariamente por injuria y calumnia) sé que, para su fortuna, además de ser la responsabilidad penal en cabeza del sujeto activo necesariamente individual, los sujetos pasivos de los delitos deben estar determinados, razón por la cual no cabe la posibilidad de denunciarlo junto con “mis compatriotas” por “calumnia colectiva”, pues sería otra forma de terrorismo judicial.

7 mar. 2011

La tara ideológica conservadora



Desde un punto de vista humanista, el conservadurismo es, nada menos, la negación de la perfectibilidad del hombre y todas sus creaciones, entre ellas las instituciones.

No voy a referirme en esta columna al despropósito de querer salvar “vidas”, científica  y filosóficamente en discusión, es decir “embriones”, a costa del sacrificio de mujeres en situación de riesgo físico y psíquico: ¿qué clase de eunuco mental podría exigirle a una mujer cuya vida peligra por un embarazo ectópico, o cuya gravidez es el resultado del ultraje a su cuerpo, que se reproduzca?

Tampoco hablaré del exabrupto que significa discutir si la familia la conforman un hombre y una mujer, una mujer y una mujer, un hombre y un hombre, una mujer y dos hombres, dos mujeres y un hombre, tres hombres y un bebé -como en la película- o cualquiera de los anteriores más una mascota: ¿a quién importa en qué consista la familia mientras se proteja la igualdad patrimonial ante la ley de las parejas homosexuales?

Ni mucho menos disertaré sobre el desaguisado que supone ignorar más de dos décadas de estudios, desde la perspectiva de la evaluación de políticas públicas, que demuestran el fracaso rotundo de la mal llamada “guerra contra las drogas” y su prohibición: ¿a alguien interesa si en realidad la “mata mata”, cuando la política para “combatirla” sí mata cada año miles de personas y dilapida miles de millones de dólares que podrían invertirse en salud y educación, esta sí útil para reducir el consumo de las drogas más nocivas?

Todas estas son obviedades, cosas que cualquier persona con un mediano uso de su facultad de raciocinio podría entender.

No voy a debatir aquí ninguno de los absurdos efectos modernos de la ideología conservadora porque quienes sí leemos y pensamos para asumir posiciones racionales frente a las problemáticas que plantea la vida en sociedad, ya estamos hartos de lidiar con individuos que defienden la sinrazón a ultranza, que no escuchan ni siquiera los argumentos más sólidos para poner a prueba sus prejuicios, gente que todo quiere “conservarlo”, por absurdo que sea.

¿Alguien consigue tomar en serio un político conservador en Colombia? ¿Para “conservar” qué? En Suecia y Dinamarca sería discutible, pero aquí, en plena jungla tecermundista, necesitamos reformadores, hombres que nos saquen del atraso en lugar de “conservarlo”. 

La arremetida conservadora de los últimos días en cabeza de su más joven y vergonzoso líder, el prematuro fósil político que responde al nombre de Andrés Felipe Arias, quien en lugar de cuestionar la gestión del Presidente (¿con qué derecho?) debería consagrarse a la defensa en los líos judiciales que le valió su vocación por la caridad que practica hacia los necesitados terratenientes, amerita un examen de los presupuestos filosóficos conservadores. Arias, como digo, es un hombre caritativo y debería, también por caridad, al igual que los demás conservadores del mundo, retirarse definitivamente de la política para salvaguardar la coherencia ideológica de su partido.

Define Hugh Cecil el conservadurismo como la “tendencia de la mente humana, adversa a los cambios y mudanzas, que obedece en parte al temor de lo desconocido y a la confianza en los caminos de la experiencia más bien que al razonamiento teórico, y en parte también a la facultad humana de adaptación al medio, por virtud de la cual aceptamos o toleramos lo que nos es habitual, mucho más fácilmente que lo que nos es extraño”. Cabe advertir que Cecil fue un parlamentario británico conservador.

Se trata entonces de una visión del mundo marcada por la antítesis y la repulsión por el cambio: negativa, de oposición,  destructiva, parasitaria de lo que critica y por consiguiente incapaz de formular algo propio. De ahí su carácter contrarrevolucionario, reaccionario, que viene de “reacción”, reacción primero contra el pensamiento democrático liberal y su expresión histórica por antonomasia, la Revolución Francesa (Burke, Disraeli, Bagehot y demás apóstoles de la inmovilidad lo ilustran muy bien), y luego  frente a cualquier modificación del orden social.

Me concentraré aquí en el defecto estructural que vicia toda ideología o “política conservadora”, si se me autoriza el oxímoron. Descubre José Ingenieros en “El hombre mediocre”, una de sus manifestaciones más puras en el espíritu conservador, que encontraría justificación social por el hecho de que·”el eterno contraste de fuerzas que pujan en las sociedades humanas, se traduce por la lucha entre dos grandes actitudes, que agitan la mentalidad colectiva: el espíritu conservador o rutinario y el espíritu original o de rebeldía”.

Se trataría además de un mal necesario para el florecimiento del pensamiento creativo, que está reservado para los hombres que importan en términos históricos, amén de constituir un muro social de contención contra los sujetos más destructivos: “¿La continuidad de la vida social sería posible sin esa compacta masa de hombres puramente imitativos, capaces de conservar los hábitos rutinarios que la sociedad les trasfunde mediante la educación? El mediocre no inventa nada, no crea, no empuja, no rompe, no engendra; pero, en cambio, custodia celosamente la armazón de automatismos, prejuicios y dogmas acumulados durante siglos, defendiendo ese capital común contra la asechanza de los inadaptables. Su rencor a los creadores compénsase por su resistencia a los destructores”.

Se preguntarán algunos cómo es que hombres de importancia, como Churchill por ejemplo, fueron conservadores. La respuesta es fácil: porque no lo eran sino de filiación partidista o porque, como escribió Gómez Dávila (otro conservador digno de recordación), “la importancia histórica de un hombre rara vez concuerda con su naturaleza íntima. La historia está llena de bobos victoriosos”. En general, los conservadores más inteligentes suelen ser muy buenos descifrando el mundo, mas no transformándolo. Observan, a veces con agudeza, pero no actúan.
Ingenieros acertó en la descripción del conservadurismo pero no en su justificación social. Nada puede justificar el conformismo y la ausencia de ideas renovadoras. A los “destructores” no se les neutraliza con más destrucción sino con creatividad. El conservadurismo en realidad es un mal a secas, un paralizante atavismo del miedo humano más primitivo a lo desconocido, un obstáculo para el progreso. En términos políticos, nada bueno le ha aportado el conservadurismo a Colombia ni podría aportarle a país alguno, ni a sus ciudadanos, ni a sus instituciones, por la poderosa razón de que se anula a sí mismo.

Desde un punto de vista humanista, el conservadurismo es, nada menos, la negación de la perfectibilidad del hombre y todas sus creaciones, entre ellas las instituciones. Por lo tanto, ante todo proceso de reforma o búsqueda de soluciones para algún problema planteado desde lo político, para ser coherente consigo mismo el conservador debe, indefectiblemente, guardar silencio. Si todo debe conservarse como está porque nada podría estar mejor, cualquier posibilidad de avance queda suprimida.

Sin duda, toda ideología estúpida acaba por suicidarse.

Por eso hago un llamado a la congruencia política e ideológica por parte de los conservadores de Colombia. Les pido de la manera más cordial que en adelante, cuando haya que reflexionar y buscar soluciones a los problemas más acuciantes del país, cierren la boca y ahorren tiempo a quienes tienen iniciativas. A pesar de su silencio, siempre sabremos con exactitud en qué consiste lo que “proponen”: en conservar el deleznable estado de cosas imperante.

Twitter: florezjose