25 feb. 2010

Reseña de 2012, de Roland Emmerich (2009)

Director: Roland Emmerich
Categoría: Ciencia Ficción
País: Estados Unidos
Año: 2009

“Un mundo nuevo está a punto de nacer, y un científico joven valdrá más que veinte políticos viejos”. Con estas palabras se despide el Presidente de los Estados Unidos, Thomas Wilson (Danny Glover), al ceder su puesto en una de las “arcas” que salvarán a unos cuantos “escogidos”, de Adrian (Chiwetel Ejiofor), el geólogo que le advirtió a la Casa Blanca que el mundo estaba ad portas de su final, para que diseñara un plan global de evacuación que preservara la especie humana. El filme es, desde luego, un embutido de lugares comunes de Hollywood que lo convierten en el típico enlatado apocalíptico que tan bien conocemos: Knowing (2009), I Am Legend (2007), The Day After Tomorrow (2004), 28 Days Later (2002), Armageddon (1998), Deep Impact (1998), Independence Day (1996), son los más recientes representantes del género que me vienen a la cabeza. En él encontramos las habituales ridiculeces que ya conocemos de memoria: el héroe chistoso, entre estúpido y genial, en este caso un escritor fracasado y talentoso (John Cusack), algo que, dicho sea de paso, no corresponde tanto al género de la ciencia ficción; el loco visionario, aquí un periodista, Charlie Frost (Woody Harrelson); niños superdotados y conflictivos; efectos especiales deslumbrantes; diálogos particularmente idiotas; chistes fáciles; escenas de supervivencia inverosímiles; el conflicto entre los “buenos” (los que piensan en los demás así sea a costa de su propia vida) y los “malos” (los que quieren salvar su trasero a como dé lugar); y claro, el amor como sentimiento redentor de la humanidad en las situaciones extremas.
La película, hay que repetirlo, es malísima, pero a veces los peores bodrios le dan la razón, mutatis mutandis, a Cervantes, cuando escribía que “no hay libro tan malo que no tenga algo bueno”, pues resultan transmitir mensajes de importancia que se pueden rescatar. Si me le mido a reseñar un verdadero “hueso” es sólo porque las palabras de despedida del Presidente Thomas Wilson son ilustrativas del mundo de los políticos, donde apenas unos cuantos piensan en algo distinto de sí mismos. El escenario cataclísmico que plantea la película es el siguiente: ante el descubrimiento del inminente final a causa del recalentamiento del núcleo y la corteza terrestres, los líderes políticos del mundo, en lugar de obrar con honestidad y contarle a la gente la verdad (¡Oh sorpresa!), prefieren emprender la construcción clandestina de unas cuantas arcas para que se salven unos pocos (ellos los primeros, por supuesto), que se financia con el dinero de los millonarios del planeta (1000 millones de euros cuesta el “tiquete” por cabeza) que, así se trate de los ejemplares más estúpidos y mezquinos de la especie (un detestable empresario del boxeo, Yuri Karpov, interpretado por Zlatko Buric, encarna a este arquetipo), logran gracias a su dinero reservar lugar al lado de los especímenes mejor dotados genéticamente.

Estamos en época preelectoral y la pregunta obvia que nos asalta como ciudadanos, en medio del lodazal de la política nacional, es por qué políticos votar. Y la respuesta más sensata que se puede dar es recordar que los políticos, desde que existen como plaga social, se han dividido en dos grandes grupos: la gran mayoría de los que sólo actúan en favor de su “interés particular” y consideran su oficio como una profesión más, es decir, un medio para lucrarse a como dé lugar, y la minoría de los que conocen la noción de “interés general”, que tienen consciencia de lo público, llámesele solidaridad, altruismo, vocación de servicio, sensibilidad social o simples ganas de ayudar (en lugar de robar). Así que, al margen del partido al que pertenezcan (aunque sin perder de vista que algunos de los partidos actuales, en virtud de la hoja de vida y antecedentes de sus miembros, más parecen bandas criminales), lo importante es escoger candidatos del segundo tipo, de los que no aspiran a puestos de elección popular para enriquecerse. O al menos no sólo para eso.

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Adenda: ¿cómo saber si un político es del primer tipo? Dos pistas: de un lado, nuestra política está llena de “genios” con “grandes campañas”, pero sin programa. Es curioso, pero en Colombia muchos candidatos no tienen reparo en invertir miles de millones en publicidad y compra de votos, mientras no destinan uno solo para la realización de estudios serios sobre las necesidades del país. Aquí, los políticos por lo general primero lanzan sus campañas (sin haber estudiado ni pensado los principales problemas que plantea el país, su historia, el contexto latinoamericano, los procesos mundiales de transformación que están en marcha y lo afectan directamente como la globalización, la desestatización, etc.) y luego, si por azar divino o simple casualidad se les ocurre (o les dicen) algo inteligente, lo proponen, pero más que proponer, improvisan. Como consecuencia de ello, estamos llenos de “reformadores analfabetas”, es decir, de ignorantes llenos de poder pero carentes de ideas. En una democracia seria los políticos, antes que cualquier otro actor social, deben tener tras de sí una serie de publicaciones que permita conocer su pensamiento. Todo esto sin mencionar las “nuevas figuras” de la política nacional: actores, bailarines, humoristas, deportistas, que sin duda nos iluminarán con su profundo conocimiento de la res publica.
De otro lado el asunto, numéricamente, no es tan complicado: un congresista en Colombia gana en promedio 20 millones de pesos mensuales, lo que significa ingresos totales por 960 millones en cuatro años de ejercicio, que es, en teoría, la única suma que debería recibir por su trabajo legislativo. Sin embargo, ya todos sabemos cómo funciona el tema y cuáles son los verdaderos réditos de una curul en el Congreso: tajada en los procesos de contratación estatal, pago por la inclusión de “micos” en los proyectos de ley que favorezcan a grupos de interés, pago por los favores al ejecutivo, notarías, embajadas, consulados, cuotas burocráticas en las entidades estatales y demás “negocitos” que les van saliendo. De ahí que hoy tengamos no una “demo” sino una “dinerocracia” en Colombia. En suma, si usted  va a votar por un congresista que se gasta en su campaña más de lo que recibirá como sueldo durante cuatro años, sepa desde ya que este angelito no podrá llegar al poder para hacer algo distinto de robar y cometer delitos. Por lo tanto, prefiera los candidatos de opinión, es decir, los que basan su campaña en el reconocimiento social producto de sus méritos personales y la calidad de sus propuestas. 

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